martes, 17 de abril de 2007

Domingueando en Shanghai

¡Hola de nuevo!

Espero que me perdonéis que os escriba del dominguear un lunesmartes por la noche, pero ayer se hizo tan tarde que no pude escribiros todo lo que me habría gustado. Esta noche es clara y fresca, tan clara que permite ver las estrellas, y tan limpia y fresca que apetece casi hablar de ella y olvidar lo demás, pero me guardaré estas agradables sensaciones y os contaré lo que os tenía guardado de anoche para contaros hoy.

Quería enviaros algunas fotos más de ambiente sobre la vida en Shanghai, y en el caso de un humilde 西班牙的上海人 como yo, en una tarde de domingo como la de ayer, con una lluvia intermitente y al fin un aire fresco de primavera, ¿qué mejor se puede hacer que salir a pasear y respirar la ciudad? (en una de esas veces deliciosas en que se puede respirar agusto en este hormiguero inmenso y neblinado).

Claro, que pasear, en esta ciudad de contrastes, se puede hacer de muchas maneras. Se puede hacer en el cochecito leré de arriba, cuyas cocheritas iban mirando al personal, por las calles de la antigua concesión francesa, con autosuficiencia de perdonavidas, o se puede hacer de vuelta de vender unas hortalizas, como esta pareja que se nos cruzó no muy lejos de una calleja que corta con una paralela hacia la altura de 重庆南路.



Aunque la manera más deliciosa de recorrer Shanghai es, como había dicho, la bicicleta, y muchas veces, como en casi todas las ciudades, lo ideal, si no está el aire muy sucio, es ir andando. Si no, ya que es domingo, para las grandes distancias nada mejor que la siempre tan variada oferta de taxis locales...



Mis compañías favoritas son las que te reciben, al poner el contador en marcha, con una grabación publicitaria de un número de teléfono donde te informan de la oferta de restaurantes de la ciudad. Es genial, porque como eslogan hacen un juego de palabras con el teléfono: "5757 5777", exclama una voz cantora ("wu qi, qu qi, wu qi qi qi", ya sabéis que, para entendernos, podéis leer la q del pinyin como una che nuestra).

Enseguida responde una voz, imitando: "我吃,我吃, 我吃吃吃!" ("wo chi, wo chi, wo chi chi chi!", que viene a ser:"¡yo como, yo como, yo como, como, como!"). ¿Verdad que es genial? Sólo que yo al principio lo entendía mal, y en vez de 我吃 ("wo chi", yo como) comprendía 我去 ("wo qu", yo voy), así que si no me lo explican pensaba que la publicidad era del propio taxi, para llamar al número ese y que te llevaran donde quieras. Pero bueno, no iba tan desencaminado...

En fin: pocos parques hay tan tranquilos en el centro de Shanghai como el parque Fuxing, antiguo parque francés, que queda en el barrio de la chica más bonita de la ciudad, donde la vida parece tranquila y limpia y lo mismo ves a viejos pescando o haciendo taiqi que a niños patinando o a parejas de la mano, todo entre fuentecillas, paseos y árboles, a pesar de estar en pleno corazón urbano.-
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En una de las zonas que más me gustan del parque hay una estatua enorme de Marx y Engels, que según leí fue colocada en 1985.


Es un lugar apacible y tranquilo, donde ayer un señor jugaba al badmington con su hijo (diría que es uno de los deportes más populares al menos en esta parte del país) mientras, detrás, un grupo de ancianitas adorables hacía ejercicios bailando.

Un lugar adorable, creo que muy apreciado por los vecinos de la zona.

Para continuar la plácida mañana dominguera, nada mejor que comer en un buen restaurante que sea bueno, bonito y barato. En la mismísima Huaihai Lu hay un restaurante de una cadena que reúne todas las condiciones y que reparte sus establecimientos por las zonas más frecuentadas del centro de la ciudad. A menudo me gusta decir que Shanghai me parece uno de los mejores lugares del mundo para disfrutar de la comida japonesa, porque además de que los clientes exigen suficiente calidad como para que sea tirando a excelente, los precios son muchísimo más cercanos al pueblo trabajador que los que pude encontrar durante mis días de superviviencia en Japón...


Entre sushi, maki, tempura y otras delicias también locales, uno se encuentra hasta excelentes bocados de salmón al limón... servidos no como otros platos con algas, como ya sorprendí una vez a mi madre, sino oh sorpresa maravilla de las maravillas, que sorprenderá sobre todo a mi familia toda: servidos sobre grandes hojas de ricas... ¡ortigas!


He de aclarar que no picaba; eso sólo ocurre cuando se le baña en un pigmento verdoso llamado washabi, de origen creo que marino (ay, mi ingnorancia) que se añade al vinagre de soja, y entonces es que ni los pimientos de Padrón... pero esa es otra historia que deberá ser contada en otro momento y en otro lugar, al estilo de Ende.

En fin, como muestra un cartelito que había junto a los baños del restaurante, cuando uno se acostumbra a los sabores locales, China es un paraíso también como España, para disfrutar como un niño comiendo...

我要吃! - ¡Quiero comer! -
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Después no hay nada como pasearse por una de las zonas más extrañas y bonitas del viejo Shanghai (o lo que queda de él), rebautizada como Xintiandi (新天地, el Nuevo Cielo en la Tierra, según mi interpretación). -
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Se trata, como véis, de un barrio pequeñito, hecho de antiguas casas como eran las calles chinas de la antigua concesión francesa, pisos bajos tradicionales con un estilo ecléctico, hechos de ladrillos negros y algunos cocidos al rojo arcilla, llamados shikumen. Alrededor hay rascacielos comerciales y de oficinas, edificios nuevos, tiendas, pero allí, en la compañía de un estanque sereno y pequeño que es una gozada de noche, del que tal vez hablaré otro día por su romanticismo y por el cariño que le tengo, perviven las dos o tres últimas callejas por fuera intactas de shikumen. Ahora lo que hay ahí por dentro, y por fuera, es Xintiandi, es decir, la zona pija más cara y obscena -por los precios y el ambiente expatriado obtuso occidental y comercial de todo- de toda esta viciosa ciudad, conocida desde que los extranjeros la levantaran como tal con nombres que van desde la Perla de Oriente, que se mantiene, hasta la Puta de Oriente, que hoy en día se escucha menos, aunque desde luego no sorprende tampoco, conocida la reputación de lugar de perdición que tenía y que le dieron los años treinta...-
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Curiosidades y contrastes, la foto que acabo de poner arriba es uno de los lugares más fotografiados de la ciudad, porque van autobuses todos los días desde remotas provincias a visitar el lugar: en esa casa se fundó, en 1921, el Partido Comunista de China, con un joven Mao Zedong dentro entre la decena de conspiradores que se reunieron allí en un primer congreso, a escondidas de la policía de la concesión francesa. (Al fondo están el lago y el edificio central de la asesoría PriceWaterhouseCoopers)....).-
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Me guardo la historia para otra ocasión, y os pido que me acompañéis a terminar el paseo.


Vamos hacia otro de los lugares más fotografiados de Shanghai: los jardines de Jade (Yu Yuan, 玉园) y los bazares contiguos, el Templo de los Dioses de la Ciudad... No hablaré tampoco apenas de ellos esta vez, pero lo haré en el futuro con fotografías dedicadas a esas callejuelas bonitas y convertidas casi en un parque temático, y a las callejas verdaderas que se esconden detrás.

Ayer con la lluvia, extrañísimamente para un fin de semana, había muy poca gente en comparación con los enjambres humanos que suelen saturar este lugar, y el normalmente intransitable puente de las nueve esquinas, frente a su famosísima casa de té del estanque, lucía así de tranquilo ayer al caer la noche:


Mientras cerraban las tiendas y el aire nuevo y fresco de la noche recién llovida refrescaba los corredores, era una gozada pasear mientras las formas parecían revestirse de los más espléndidos buenos espíritus del pasado...


Con todo, no quiero decir ninguna barbaridad. Durante la Semana Santa, coincidiendo por una vez de manera extrañísima con el 5 de Abril, día de barrer las tumbas establecido según es costumbre (para una fiesta fija que hay en China y para una lunar que hay en Occidente, como hace notar mi colega ChinoChano, vaya coincidencia), fue el momento en que los espíritus salen por la noche y dice la superstición china que es mejor no salir de casa mientras no esté el sol, porque a veces es peligroso. Dura la alerta no sé cuántos días antes y después de esa noche, así que creo que acabamos de pasar ese período. -
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En las propias callejas colindantes a los Yu Yuan había esta tienda con la radio a tope llenando el aire de cantares budistas. Entre hipnotizadores y sagrados saludos a la flor del loto ("Om mani padme hum") y dioses en altares de plástico a los que ofrecer mandarinas y colocar en casa en la cocina, encima de la nevera como vi maravillado una vez, en la tele aparecía el disco, versión karaoke de los cantos sagrados. Me pareció maravilloso. Al parecer se utiliza en las fechas que decía ahora, en que los espíritus rondan, para apaciguar las almas y con la ayuda de los seres superiores permanecer a salvo.


Algún día quisiera contaros -y saber mucho, mucho más- de las maneras maravillosas en que los chinos se protegen de sus supersticiones. Si nosotros ponemos ramitas de olivo santificadas en Domingo de Ramos bajo nuestras ventanas, ellos construyen calles serpenteantes y ponen dioses, guerreros, leones e incluso palabras para protegerse, y en esta parte de China es común en las casas antiguas encontrar junto o sobre el quicio de la puerta un espejito redondo, pensado para que si un espíritu se dispone a entrar en el hogar, huya espantado por su propio reflejo. -
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A la salida de los bazares, que son mitad arquitectura original y mitad diodos y cartón piedra, está el fabuloso Chenghuang Miao (成黄庙), el Templo de los Dioses de la Ciudad.

Escondido con discreción entre las callejas y las tiendas, siempre me ha dado la impresión de ser uno de los templos más antiguos y puros de la ciudad. Sé que estaba allí ya antes de que llegasen los ingleses, como recuerdo de alguna lectura borrosa, y la primera vez que lo vi, acompañado por He Zhang (Connie), mi primera amiga china, me conmovió bastante la inocencia con la que los caracteres a ambos lados de las puertas del pabellón central decían que si eras bueno todo te iría bien en la vida. Es un lugar precioso, y anoche minutos antes de una fuerte tormenta de primavera, libre de motos, bicis, paseantes y vendedores de frutas acarameladas y yangroucuanr -ya sabéis, 羊肉串, los pinchillos morunos de cordero-, el templo lucía tan misterioso, solitario y mágico como podéis ver en la foto.-
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La atmósfera del templo contagió la noche. Cierto que había alternativas para el colorido, como este restaurante temático tan peculiar, que ofrece las delicias picantísimas de Hunan, la tierra natal de Mao Zedong, y lo hace bien en rojo y con una estética acorde con los tiempos en que conducía China el Gran Timonel. Una vez llegamos a entrar allí dispuestos a cenar, pero olía tanto a tabaco y a picantillo que no pudimos aguantar hasta pedir el menú.


Con todo, como decía, la atmósfera del templo, pétrea y oscura como la noche, brillante, perfumada y eléctrica como la tormernta, impregnó la noche y las calles aledañas.

Saliendo por la puerta que véis se daba a distintas callejas de un Shanghai bien distinto, al que está a la espalda de la cara más superficial y pintoresca del antiguo barrio chino, con sus corredores tradicionales y su calle antigua principal (Shanghai Lao Jie, 上海老街) saturada de tiendas para los turistas.-
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Siempre hay lugar, afortunadamente, para callejas más intimistas y vivas, cercanas a la realidad de la gente.



Saliendo por la puerta que veíais arriba se llega a la Calle del Pueblo, Renmin Lu (人民路), que tiene ahora muchas menos casas bajas tradicionales que cuando la vi por primera vez hace años. En los alrededores del Chenghuang Miao se han derribado vecindarios enteros, que probablemente harán sitio para nuevos centros comerciales de imitaciones baratas y recuerdos turísticos negociales, en un proceso de disecación del corazón chino de esta ciudad europea implantada en una aldeíta de pescadores junto al mar -上海- del río Huangpu...

Las pocas casas que aún resisten tienen un aspecto provisional de supervivencia por algunos días, en los puestecitos parece que estuvieran listos para marcharse a otra ciudad en cualquier momento, dispuestos a dejar que se desmorone entera en un momento todo lo que queda de la casa a sus espaldas.


Bajo la lluvia, paralela a lo lejos al curso del río, la Renmin Lu antaño conformada por pequeñas y viejas casitas tradicionales y eclécticas shanghainesas, luce el aspecto que véis: con algunos edificos a la izquierda e inmensos terrenos vacíos, entre la calle y la orilla del río, a la derecha. Los rascacielos que véis brillar a lo lejos son ya Lujiazui (陆家嘴), el distrito financiero de Shanghai, en Pudong (浦东), el inmenso y nuevo lado este del río. (Hasta se puede intuir, debajo a la derecha de la farola, bajo los cables, a lo lejos, la inmensa y colorida pelota de la torre más alta de Asia, la antena de televisión y mirador Perla de Oriente).

En los nuevos y también provisionales espacios vacíos que, hasta que comiencen las obras que correspondan en tan valiosos suelo, permanecen inmensos, planos e inútiles en medio de la ciudad, se han instalado también provisionales aparcamientos, prácticamente vacíos al menos ayer, aunque en una zona tan devastada poca gente parece que pueda estar interesada en aparcar ahi, la verdad; no parece que vaya a ser un negocio el de los aparcamientos mucho más duradero de lo necesario. Sin embargo, en su dureza, bajo la lluvia y la noche su entrada presentaba un aspecto poético.

Como no podía perderme echar un vistazo, me adentré unos metros mientras el vigilante veía la tele, y encontré lo que véis a continuación: un garaje habitado con otro vigilante que vía la tele, la planicie del aparcamiento casi desierta extendiéndose bajo la penumbra y en la humedad tras la lluvia, y a lo lejos, luminosos y casi diabólicos, mágicos como apariciones, gigantescos al otro lado invisible del río, que corre oculto tras los muros del aparcamiento, alzándose como titanes de acero, cristal y luz, los rascacielos de Lujiazui, con la torre Perla de Oriente (a la derecha) y las dos torres que albergan la pantalla de televisión más grande del mundo.


Mientras hacían su rico despliegue de iluminaciones y lucían su inmensa elegancia futurista, a este lado de la realidad el panorama era tan sencillo como un garaje con un televisor, un neón y un hombre en una silla vigilando un aparcamiento sin asfaltar donde había un solo coche.-
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A cierta distancia de allí, en el corazón de Puxi (浦西), la vieja ciudad, la orilla oeste del río, la transitada calle peatonal de Nanjing Dong Lu (南京东路), que forma la parte más brillante de la avenida comercial más larga del mundo, seguía con lluvia y todo desplegando todos sus neones seductores y fascinantes, que la hacen uno de los pocos lugares del mundo capaces de competir en espectacularidad callejera nocturna, en ocasiones, con el barrio tokiota de Shibuya.

Allí, con el rocío limpio de la noche, emerge brillante e imponente ya la medio sombra, con sus antenas, de ese Gran Cabrón metálico que es el Hotel Le Royal Méridien, que ninguno de quienes me habéis visitado aquí ha llegado a ver terminado, iluminado y en marcha. -

-En la calle las tiendas siguen abriendo hasta tarde, el puesto tradicional de mantou los sigue vendiendo, la botella gigante de neón de Coca-Cola sigue iluminando de rojo el rostro de las muchachas, los mendigos persiguen a los extranjeros, las niñas con rosas a las parejas, los moteros de la policía a los vendedores de cocos y piñas, las señoritas más guapas siguen tratando de engañar a los extranjeros solitarios para que les inviten a cafés y tés de facturas millonarias con la excusa de practicar el inglés, y los espírtitus más mercenarios que se te acercan siguen siendo capaces de ofrecer, negativa tras negativa tuya, películas pirata, películas pornográficas, masajes, prostitutas de todas las edades, hachís y a su madre en una bandeja si se la pidieran.-
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Afortunadamente también ayer hacía una noche clara y fresca, tan clara que permitía a las parejas pasear por la calle bajo los neones como si fueran estrellas, y tan limpia y fresca que apetecía, con las puertas abiertas y todos los sentidos, nadar y empaparse de ella.

lunes, 16 de abril de 2007

Todos a la moda 2

¿Moda para marcianos?

¡Hola a todos!

Como en este París del Oriente lo de los encuentros con la moda no tiene fin, os voy a dar aquí un añadido a lo que os contaba el otro día. Hoy volví a pasar por Huaihai Lu y la tienda que abrieron entonces seguía controlando el número de personas que podían pasar para que no hubiera aglomeraciones peligrosas... y sus bolsas se veían por todo el barrio, y eso que con la lluvia había mucha menos gente en la calle. Tremendo.

Por cierto, había olvidado deciros que la tienda está en la esquina del primer lugar del centro de Shanghai que pisé en mi vida, frente el lugar donde me llevaron a cenar la misma noche en que llegué a China (en un restaurante con columpios de la cadena RBT que ahora están reformando).

Pasando por una calle llena de escaparates internacionales del lujo, la que fuera en tiempos de la colonia francesa la inmensa y tranquila avenida entre las villas, Avenue Maréchal Joffre, la Huaihai Lu de hoy combina el espíritu de la antigua concesión afrancesada con el consumismo más voraz: rascacielos, neones, publicidad, tiendas, restaurantes y más tiendas. Incluso a los pies del rascacielos Hong Kong Plaza una de tantas pantallas gigantes presenta a lo grande un desfile de moda:


En los escaparates se combinan las grandes marcas, entre ellas algunas asiáticas, como la hongkonguesa Esprit o, una muy divertida, que creo que también es de por aquí, y que combina siempre diseños con letras y en blanco y negro: JoJo. Atención a la chinísima y deliciosa frase que aparece en el escaparate. A veces es encantador cómo, en una mezcla de tiernísima ingenuidad y traducción demasiado directa del estilo de publicidad chino, se encuentra uno en inglés, casi en chínglish, frases tan bonitas como esta...

" Love is a language that doesn't speak in particular word, it speaks in emotion".
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Más o menos parece que quiere decir: "el amor es un lenguaje que no habla con una palabra en particular, habla con la emoción". De aquí a Hello, Kitty hay un paso, ¿verdad? Me recuerda a una caja de galletas de mantequilla, como esas danesas tan ricas que venden en España, que compré sobre todo, por una vez, por el envase que tenían. Sobre la tapa, haciendo un círculo, se lee::-
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"Put a cook in your mouth. Put a smile on your face. Give you a pure live. Tell your friends so much taste there is nobody can refuse". -
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Tampoco o vayáis a reír del pobre traductor que escribió todo eso, seguramente copiando ideas pensadas en chino, porque habrá aprendido inglés con un profesor no muy bueno, y sin haber salido seguramente nunca de su país, así que bastante ha conseguido con un eslogan tan poético como infinto... (es que está puesto en círculo y lo puedes leer una y otra vez sin parar).-
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Aparte las pequeñas chinglishadas, como "put a cook" (pon un cocinar) en vez de "put a cookie" (pon una galleta), parece que el eslogan quería decir, para los que no hablen inglés: "Pon una galleta en tu boca. Pon una sonrisa en tu cara. Date un vivir puro (!). Dile a tus amigos que hay tanto sabor que nadie puede rechazarlo". Así es verdad que no hay quien se resista, yo caí..-
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Ahora os contaré que la verdadera razón de escribir una entrada que continué la anterior es poder añadir lo que os haré ver a continuación. Observad esta imagen durante algunos segundos...



Sé que lo habréis visto enseguida, porque las fotos van seguidas en la pantalla casi una detrás de otra, pero a continuación os pongo un detalle ampliado de la misma imagen, tomada esta mañana...


¿Os habéis dado cuenta ya? Probemos con otra fotografía, tomada pocos segundos después, y su correspondiente ampliación...




Efectivamente, amigos: la maniquí no es una muñeca (aunque la chica no estaba nada mal, parece más bien mona). Una tienda de tanto prestigio como esta, en medio de Huaihai Lu, no tenía mejor idea para llamar la atención que darse el lujazo de contratar a una modelo para que se pase las horas luciendo un modelito en el escaparate. Y no es la primera vez que la veo. Hace bastantes semanas la descubrí vestidita de blanco, luciendo, como hoy, unos hombros huesudos y límpidos y una cara cargadísima de maquillaje y cansado hieratismo. Una joven me comentó una vez que, después de todo, no es tan duro, es "un buen trabajo: no tienes que hacer nada, sólo estar ahí sin moverte mucho y dejar que te mire la gente". Es un punto de vista.-
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Desde luego son cosas que le hacen sentir a uno por un momento como un marciano, o como viviendo entre marcianos. Sin embargo, horas después se descubre con gusto que no, que la moda es otra cosa, que la moda es cosa de todos, que está en la calle, que está cerca del pueblo. Mientras huíamos de una tormenta, refugiados en un todo a 2 , apareció en una pared esta deliciosa pareja de lápices de cacao contra la sequedad en los labios, para ella y para él, con una tiernísima imitación de L'Oréal (él). Me hizo tanta gracias que, por el momento, me tiene reconciliado con ese mundo artificioso de la moda y la apariencia, y por unos días no volverán a salir de mi boca palabras contra él... al menos mientras le duren las pilas al lápiz de labios...-a
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jueves, 12 de abril de 2007

Todos a la moda...


¡Ah, la moda!

Todos, todos a la moda: la familia entera, el niño, los padres, la cuñada... todos, todos a esa fiesta de los placeres livianos del vestir, el parecer y el parecerse, todos a embriagarse en la superficialidad de las grandes superficies... a hacer un poco, quizás, lo que siempre se ha hecho: invertir parte del fruto de los esfuerzos del trabajo diario en elegancia, en prestigio social y, en definitiva, en amor del prójimo.

Será porque tenemos demasiado ego, o demasiado poco, pero qué enternecedores e ingenuos somos a veces los seres humanos, como niños pequeños: nos vamos tan seriamente hasta de tiendas, todo casi siempre para compensarnos y para gustarnos más a nosotros mismos y, creo yo, también para gustarnos delante de los demás, si no directamente para gustar a los demás. Sólo quiero querer y que me quieran, así somos todos.

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Discursitos de los míos aparte, bienvenidos ya todos entonces a una tienda de moda, barata pero de moda, de calidad y con diseño propio pero barata, como tantas que hay en Europa, donde estuve hoy pero aquí en la China, entre otras cosas, observando al personal, en un edificio de la orgullosa Huaihai Lu (淮海路) donde se acaba de instalar una nueva empresa del negocio, dispuesta a probar la gigantesca fruta del mercado chino, ese del que tanto se habla, más que por las desigualdades flagrantes que dividen a la población del país, por el crecimiento de su macroeconomía... y, también, el crecimiento del poder adquisitivo de cada vez más familias acomodadas, sobre todo en las grandes ciudades entre las que Shanghai es, de nuevo, la perla.



Menudo circo habían montado, se habían traído hasta a una estrella de la música disco para hacer más ruido y llamar más la atención.



Unos grandes mercaderes suecos con los que hablé hoy, que llamaban a Shanghai la "París de Oriente", lo tenían muy claro, y decían que los chinos cada vez tienen más dinero y están más interesados en la moda -sea lo que sea lo que les vendan como la moda, como en todas partes, sólo que aquí me parece la gente joven especialmente receptiva a todo lo nuevo-. "Así que eso encaja perfectamente con nuestras intenciones de negocio", me vino a decir abiertamente: vamos, que ya están viendo llover el dinero en cuanto pase un poquito de tiempo.



Tal vez no es para menos. Impresiona bastante ver a la gente esperando a las puertas de un sitio y entrar, si le dejaran, en desbandada a arrasar con lo que puedan, como ocurre en nuestra tierra con las rebajas (sólo que aquí era sólo la apertura de una tienda).



Al cabo de un rato se podía encontrar entre las perchas a decenas de muchachas bonitas o decoradas -muy a la moda local-, que ya llevaban puesto, como si no quisiesen que se lo quitase nadie, cualquier accesorio: una gorra, una pulsera, unos collares, unas gafas de sol, todavía con la etiqueta puesta y sin pasar por caja.


Los simpáticos cajeros y cajeras de la céntrica tienda no daban abasto.



Entretanto, me daba apuro comprobar los excesos de artificiosidad que, como en niñas barrocas de catorce años, se colgaba la moda de moda por los cuerpos de muchachas de más de veinte: gorras de tamaño exagerado, faldas ajustadas, medias que en Occidente parecerían muy horteras, colores rosas y fuxias, rayas, brillantinas, maquillaje fuerte, bolsos grandes, charoles, destellos... pero sobre todo rosa, mucho color rosa, en esa mezcla entre infantil y apastelado que parece tan popular aquí entre las chicas.



No pondré fotografías de los casos más llamativos en que inocencia y sensual provocación desfilaron en la ropa de una sola persona durante mi visita a la tienda, que si lo ven los niños se reirían y me pedirían explicaciones, pero ahí comprende uno el éxito de marcas como Hello, Kitty, y la pasión que despiertan aquí tanto los peluches como cualquier criatura de animación que se les parezca.



Parte de lo que se lleva aquí en Shanghai, capital de la moda en el país sin diseño (o casi), consiste en ir de florecita o de pastel, rosa y suave por dentro, y rosa fuxia por dentro, como son las flores fuertes y como pienso que se quieren ver a sí mismas muchas de las mujeres de este país. Dulcísimas niñas por fuera, vivísimas y muy inteligentes mujeres por dentro. Es una mezcla de tradición, oriental, milenaria y machista, y modernidad, impaciente, impetuosoa y medio desorientada. Tal vez, todavía es algo pronto y aún no podría ser de otra manera.


También me impresiona bastante, aquí y en Pekín (aquí y en Madrid, debería decir mejor para expresar infinitud y lejanía), la facilidad que tienen las modas para calar en la gente, somos tan simbólicos que nos dejamos empapar por las ideas, y sin darnos cuenta se nos puede convencer con facilidad para unir los atributos con que relacionamos a una persona o a una cosa con un objeto tan trivial como una prenda de ropa.



Por ejemplo esta chica de aire concentrado y tímido, que sopesa unas gafas como las de Madonna, qué tal le quedarían, tal vez piensa, o si son caras, mientras parece contemplarla tan firme el icono. Me llama la atención la seguridad que transmite la personalidad que le atribuimos a Madonna, con su feminidad tan contundente y expresamente occidental, y cómo contrasta con la dulzura superficial de todas las jóvenes chinas que he conocido, del este y del norte, es algo que llevan tan dentro hasta mis amigas más duras menos... afeminadas, en el sentido chino, diría.
Me da tanto que pensar, quizá nuestro estado natural es ser un poco ovejitas, después de todo. No sé si es que nos gusta o que lo necesitamos para funcionar bien en grupo, pero si está tan de moda -en Occidente- eso de ser tú mismo, de ser diferene -igual de diferente que todo el mundo, pero sin llegar a ser raro ni extraño a los demás... - tal vez es precisamente por ese complejo tan profundo que en ocasiones tenemos.
En el fondo es parecido a como funcionan aquí las cosas, aunque tengo la impresión de que aquí la cultura del no llamar la atención, pese a lo que pueda parecer, es más fuerte. Está bien destacar un poco por alguna virtud, una habilidad o un honor, eso todo el mundo lo desea, aquí y en... Pinto, pero aquí todo se comparte y se hace en grupo o en familia. Mientras los anuncios en Europa te dicen: sé tú mismo, come tal cosa, porque a ti te gusta y tú eres especial, en China, creo que también en Japón, pero desde luego aquí mucho, la misma publicidad sería: disfruta con tu familia / amigos / compañeros del trabajao, llévalos a comer tal cosa, porque está muy buena y vas a quedar muy bien, y compartiréis un rato estupendo todos juntos. Mientras en Europa veríamos a un guapo personaje comiendo él solito, aquí veríamos a toda la oficina, guapos, menos guapos, todos juntos sonriendo y devorando el invento.


Con todo, yo creo que lo mismo que nos sentimos cómodos siendo como son los demás, sin que nadie te pueda tachar de raro, en el fondo todos tenemos un impulso natural por destacar.




La foto que acompaña aquí a mi izquierda me pareció reveladora -je, je-: he aquí la prueba incontestable de que, en la más tierna infancia, de niños repelemos la moda -y que nos peinen si no nos agrada-, lo que queremos es estar agusto con nosotros mismos, tal como somos, y es luego después la sociedad, al envolvernos, la que nos hace temerosos del terrible castigo, esa sanción social de que te digan raro en vez de admirar abiertamente lo que uno tenga de especial.




En fin, sobre todas estas instructivas y valiosas lecciones puede ponerse a darle vueltas uno tras una visita a una tienda de trapitos, que al menos a mí, como todos los sitios donde no me siento cómodo, me vuelven totalmente introvertido y me distraen en las nubes con las oh más elevadas filosofías....



Sólo quisiera añadir un comentario más sobre las modas, y es lo que me hacen pensar siempre, hasta sin quererlo yo, en las vanitas que se pintaban en otros tiempos: lo absurdo de la vanidad y del paso de la vida, de emplear el tiempo de uno en las cosas más triviales y superficiales, y descuidar en el vacío el interior de uno y de los aspectos más importantes de nuestro paso de diminutos seres fugaces por la existencia.



He aquí una imagen que, cuando la estaba tomando, me sobrecogió bastante.

Fijaos bien en esta bonita joven que, tan elegantemente, se prueba unos sombreros mirándose a un espejo. Al fondo otra chica la mira y se tapa la boca, como si la observara, y hasta parece sorprenderse. Es como si se hubiera dado cuenta de algo.



Y efectivamente, hay algo: sobre el bolso de piel de la joven, con placas metálicas como teselas relucientes, está como adorno una enorme y sonriente calabera, casi con el mismo estilo ingenuo y pueril que los gatitos de Hello, Kitty, pero presente y oscura con toda la carga de lo que ha simbolizado siempre para todos nosotros.


Supongo que es una dulcificación chinesca del viejo símbolo pirata y diabólico, ahora que está tan de moda también vestirse con algún accesorio de chica dura, de camionera, de motorista, de soldado, aunque luego tenga sus adornos de brillantes o su toque infantil.

Vanitas, vanitatis.


Al salir de la misma tienda, me encontré con dos personajes que no hicieron más que seguir recordándome la misma idea. Dos mujeres mayores, tal vez una madre de la otra, acicaladas hasta el ridículo -para mis ojos-, y pretendiendo elegancia, buscaban entre el tráfico impasible, indiferente, un taxi para las dos.


Aquí va la fotografía que les hice, y váis a decir que soy un exagerado, pero la acompaño de un cuadro que no puedo evitar recordar ante una escena como esa.



Se trata de Las Viejas o El Tiempo, un lienzo de doble título que, como se adivina fácilmente para quien no lo conozca, fue pintado por Goya en uno de esos momentos de acidez española, con esa crítica tan suya que volcó una y otra vez contra las viejas vanidosas en sus Caprichos.


A este cuadro además le tengo cariño, porque lo descubrí una vez en una salla del Musée de Beaux Arts de Lille, y me trae muchos recuerdos bonitos de aquellos días.


En definitiva, como creo que diría Goya, cuánto más nos valiera ser menos coquetos por fuera y más aseados por dentro, cuidando los detalles que de verdad importan, y que piensen lo que piensen -al primer intento- los demás, que quienes bien nos conocen nos apreciarán por lo que somos de veras y no por lo que parecemos.


Aunque dice el dicho castellano que, "además de serlo, hay que parecerlo"... de manera que, posiblemente, todo dependa en realidad de lo que de veras somos y de lo que queremos ser y hacer en nuestra vida.




Así que ¡ya sabéis, muchachas de rostros tan felices en el frenesí de comprar trapitos! Si de mayores no queréis pareceros a las viejas de Goya... bueno, empezad a mirar la coquetería, y la moda, de otra manera, que siempre nos queda una esperanza y un camino por hacer, aunque no toda la gente haya pasado por allí todavía.


En Shanghai y en toda China es muy apreciado y famoso el escritor y articulista periodístico Lu Xun (1881-1936), que a mí, en mi ignorancia, me gusta llamar el "Larra chino". Aunque escribió muchas obras en la cercana ciudad de Shaoxing, que quisiera visitar un día, también fue un conocido habitante de Shanghai, así que creo que viene muy a cuento recuperar aquí estas palabras suyas:


“La esperanza es como un camino en el campo. Al principio no había camino. Luego, la gente fue llegando y caminó en la misma dirección. Y entonces apareció el camino.”

En el corazón de un castillo de la moda, vuestro amigo consiguió esta mañana, al menos, conquistar unas sonrisas, así que doy la esperanza por buena: las cosas valiosas y verdaderas de la vida siempre pueden regalársenos hasta en los lugares más grises para el espíritu. Y con esas caritas tan bonitas, la verdad, así da gusto.

miércoles, 11 de abril de 2007

La ciudad en taxi y el episodio de Neruda


Hola a todos; hoy, para los que tengáis curiosidad sobre detalles de la vida por aquí, voy a hablar de taxis. En esta ocasión, para quien le apetezca, habrá lectura para un rato.


La ciudad recorrida en taxi tiene a veces en Shanghai el encanto de los trenes. En esta ciudad inmensa, con cerca de cien kilómetros de diámetro y seguramente más de 20 millones de habitantes, el taxi es un medio bastante barato y accesible para muchos shanghaineses -hasta el punto de que es casi imposible conseguir uno cuando llueve o en horas punta-, y se concibe como un brazo del transporte público. Salvo en las multitudinarias horas punta, que ya empiezan a extender sus alas hasta tocarse casi cada una con la siguiente, el tren suburbano es ideal si une dos puntos que nos queden cerca, pero aún no abarca tanto como el metro de ciudades europeas, ya que apenas cuenta con cuatro líneas. Eso sí, se están construyendo nueve a la vez, y en los próximos años va a haber aquí más vagones de metro que en toda la Renfe (es literal, lo dijo un experto hace unos días). El autobús y el trolebús, por su parte, es un medio algo más sucio -por el polvo de los carburantes, que entra por todas partes- y a menudo bastante lento, pero aunque suele ser incómodo, por eso y porque no es fácil ir sentado, a veces es la forma más barata y directa de moverse por la ciudad (claro que para eso hay que conocer bien las líneas, y son cientos). Aunque si no tiene miedo a mancharse uno manos y pulmones de emisiones contaminantes, y se conoce el funcionamiento del endiablado tráfico local como para atraverse, la mejor manera de comprender la ciudad es en bicicleta, como esta heroína de la corriente humana que se me apareció esta tarde, decidida y preciosa, en el cruce de 石门二路 con 北京西路.



El taxi, sin embargo, guarda en Shanghai, como digo, el encanto de los trenes, porque es como un vagón privado, que te permite contemplar cómodamente por la ventanilla cada pequeña intimidad de las calles, y además en ocasiones te permite el placer de la charla y el encuentro con el conductor, claro que eso suele provocar situaciones o bastante embarazosas o bastante divertidas cuando sólo se habla, como yo, un mandarín de supervivencia.


Hoy sin ir más lejos me tocó un taxista bastante simpático, que más allá de las preguntas típicas -de dónde eres, cuánto llevas en Shanghai, de qué trabajas, que si te gustan los toros...- no sé qué me preguntaba del carácter de los españoles, que teníamos fama de apasionados y de no sé qué más, pero que seguro que no éramos de tan buen corazón como los shanghaineses (a veces tan encantadores, curiosos y cosmopolitas, otras desconfiados e hipócritas, pero muy a menudo amabilísimos y atentos con los extranjeros). Todo vino porque le dije mi dirección en dialecto shanghainés, que es mucho más fácil de pronunciar para los españoles, o para mí por lo menos, y ahí empezó la encuesta que me hizo el hombre el resto del camino.


En una ocasión me ocurrió una cosa preciosa. Después de hacer de huésped y cenar con un conocido que visitaba Shanghai, cogí un taxi cerca del Bund (prefiero llamarlo el Waitan, 外滩, el viejo malecón, hoy paseo marítimo en el meandro más famoso de la orilla oeste del río Huangpu) . De camino a casa, le conduje por un atajo y le pedí al conductor que me dejara junto a una cabina que entonces todavía había en mi calle. En ese momento el taxista se dio cuenta de que, días atrás, ya había hecho exactamente lo mismo: dos semanas antes, yo había cogido el mismo vehículo, también por la noche y con el mismo conductor, y le había pedido ir a casa pasando por debajo del mismo puente y parando al lado de la misma cabina. Sólo en ese momento me reconoció y yo me di cuenta de la coincidencia. Creo recordar que había como 15.000 taxis entre todas las compañías de Shanghai, si no me falla la memoria (y alguien me decía que faltaban como 10.000, si recuerdo bien), de manera que cuando el taxista paró, se volvió sonriente y me dijo que eso tenía que significar algo especial, que estamos unidos por el destino. Me ofreció un cigarrillo Chung Hwa (中华) -que rechacé y comprendió, claro- y me empezó a contar su vida, que tenía un hijo, dónde vivía, y me preguntó por la mía, si estaba casado, de dónde era, y todas esas cosas de las conversaciones chinas de ascensor, pero con verdadero interés. A pesar de lo que tardaba yo en expresar ideas más complejas con mi limitado vocabulario, estuvimos como media hora hablando -¿。。。no sería precisamente culpa mía?-, y todavía guardo su tarjeta por si algún día necesito contratar un chófer privado.


Con esto quiero contar que los chinos uno por uno suelen ser gente encantadora, a menudo más pura que los europeos (no es que sean más ingenuos, sino más puros, casi más infantiles, más de campo, como creo que éramos nosotros mismos hace pocas generaciones), aunque en masa llegan a ser apabullantes y, en ocasiones, irritantes hasta para sus propios compatriotas.


La ciudad es hostil, miles de vehículos con motor, peatones y bicicletas se cruzan en un tráfico que sólo a veces se encauza en las normas internacionales, y que casi siempre sigue el principio natural de fluir como el agua, de nunca detenerse nadie y encontrar su camino entre los huecos que deja el resto. A menudo me parece fascinante con qué precisión funciona todo, partiendo de una regla muy sencilla para todo el que se desplaza por sus calles: nunca te detengas.


Xujiahui, esta tarde.

Tanta pericia hay que tener para manejarse con agilidad por esta marea maquinal y humana, y para conocer la geografía siempre cambiante de esta ciudad en constante reinvención de sí misma, donde las calles y los edificios aparecen y desaparecen y cambian de nombre, que los taxistas, como los hoteles, se califican por estrellas, que aparecen en la tarjeta de identificación de su licencia, junto a su fotografía: no tener estrellas viene a significar que te está llevando un novato; una estrella indica cierta veteranía; dos, bastante experiencia; tres, que te lleva un verdadero lobo de las calles; y cuatro, como sólo recuerdo haber encontrado una vez... supongo que lo mejor de lo mejor. El hombre de cuatro estrellas que recuerdo era amable en su taxi azul, rápido, prudente y buen conversador, aunque -iba acompañado- me dijeron que era un shanghainés que hablaba el shanghaihua sin acento de Shanghai. Un tipo especial.


Claro que hay de todo. Una vez que vino un gran amigo nos quisieron timar con un precio exagerado, aunque no nos dejamos, y hace unas semanas salió en la prensa de la ciudad el abuso que le hicieron a un noruego, que nada más salir del aeropuerto, a 40 kilómetros de la ciudad, cogió un taxi para ir a su hotel, y le cobraron más de mil euros por el servicio, cuando el viaje puede costar unos 15 como mucho, algo más por la noche. Días después, cuando se supo todo, localizaron al taxista, lo expulsaron y la compañía devolvió al noruego todo su dinero.

* * *

Supongo que hay gente para todo y que siempre ha sido así. Hace algunas noches encontré en las memorias de Neruda un episodio que os voy a copiar ahora, de cuando siendo más joven que yo, allá por 1927, fue nombrado cónsul general de Chile en Rangún (hoy Birmania), y el buen hombre, acompañado por su amigo Álvaro Hinojosa, tuvo que hacer el viaje en barco y en tercera, vía Madrid, París, etc., hasta dar el rodeo, supongo que por las comunicaciones de la época, de pasar por China y por Japón, y de su breve estancia de una noche en Shanghai, cuando utilizó los taxis de la época, esos carritos individuales tirados a mano por el propio carretero, que en la concesión británica llamaban rickshaws, cuenta que le ocurrió lo siguiente.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido (1974).
"Viaje al Oriente"].
"Lo importante era ver qué pasaba en Shanghai por la noche. Las ciudades de mala reputación atraen como mujeres venenosas. Shanghai abría su boca nocturna para nosotros dos, provincianos del mundo, pasajeros de tercera clase con poco dinero y con una curiosidad triste".
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Rickshaw en la Conchinchina francesa, a principios del siglo XX.

Después de visitar los grandes cabarets de la época, que creo que estaban entre lo que es ahora el principio de 南京东路 y la Plaza del Pueblo, que en la época albergaba, entre un bosque de vecindarios de casas bajas, la inmensa planicie del hipódromo británico, y que Neruda y su amigo encontraron medio vacíos, y donde las prostitutas rusas les pedían que les invitaran a tomar champaña, de manera que "así recorrimos seis o siete de los sitios de perdición donde lo único que se perdía era nuestro tiempo", los dos chilenos, desorientados, debieron tratar de buscar entre las callejuelas dónde estaba el Waitan, la "playa de los extranjeros" donde supongo que habría atracado el buque que después los llevaría a Japón.


Continúa contando Neruda un episodio que me hace pensar que los shanghaineses entre los que vivo son los mismos que entonces, gente de la tierra, amables, elegantes y puros hasta los ladrones.

"Era tarde para regresar al barco que habíamos dejado muy distante, detrás de las entrecruzadas callejuelas del puerto. Tomamos un ricksha para cada uno. Nosotros no estábamos acostumbrados a ese transporte de caballos humanos. Aquellos chinos de 1928 trotaban, tirando sin descansar del carrito, durante largas distancias.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Como había empezado a llover y se acentuaba la lluvia, nuestros rickshamen detuvieron con delicadeza sus carruajes. Taparon cuidadosamente con una tela impermeale las delanteras de los rickshas para que ni una gota salpicara nuestras narices extranjeras.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
"Qué raza tan fina y cuidadosa. No en balde transcurrieron dos mil años de cultura", pensábamos Álvaro y yo, cada uno en su asiento rodante. (...).
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
De repente se detuvo mi ricksha. El conductor desató con destreza la tela que me protegía de la lluvia. No había ni sombra de barco en aquel suburbio despoblado. La otra ricksha estaba parada a mi lado y Álvaro se bajó desconcertado de su asiento.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
-Money! Money! -repetían con voz tranquila los siete u ocho chinos que nos rodeaban.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Mi amigo esbozó el ademán de buscarse un arma en el bolsillo del pantalón, y eso bastó para que ambos recibiéramos un golpe en la nuca. Yo caí de espaldas, pero los chinos me tomaron la cabeza en el aire para impedir el encontronazo, y con suavidad me dejaron tendido sobre la tierra mojada. Hurgaron con celeridad en mis bolsillos, en mi camisa, en mi sombrero, en mis zapatos, en mis calcetines y en mi corbata, derrochando una destreza de malabaristas. No dejaron un centímetro de ropa sin trajinar, ni un céntimo del único y poco dinero que teníamos. Eso sí, con la gentileza tradicional de los ladrones de Shanghai, respetaron religiosamente nuestros papeles y nuestros pasaportes.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Cuando quedamos solos caminamos hacia las luces que se divisaban en la distancia. Encontramos pronto centenares de chinos nocturnos pero honrados. Ninguno sabía francés, ni inglés, ni español, pero todos quisieron ayudarnos a salir de nuestro desamparo y nos guiaron de cualquier modo hasta nuestro suspirado, paradisíaco camarote de tercera".
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Pablo NERUDA. Confieso que he vivido (1974).
"Viaje al Oriente".
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
La moraleja es que estoy convencido, amigos, de que vivo entre los hijos de los mismos shanghaineses, de nacimiento o de adopción -como empiezo a ser yo mismo-, pero entre la misma gente en todo, capaz, en su ternura, en su pureza humana, de hacer las mismas cosas, para mal y, como buenos vecinos, muy a menudo también para bien.

martes, 10 de abril de 2007

Shanghai en la ventana, una noche


Nidos de niños que comen y crecen,
vivos enjambres que olvidan, trabajan,
sueñan, perviven, que suben y bajan
amontonándose, y no lo merecen:

suman las noches que no lo parecen
intimidades sin voz, se relajan
miles de luces que a oscuras encajan
y en su correr consumidas perecen.

Bestia ciudad que devoran los hombres,
devoradora, infinita mandala,
es tan profundo el rumor de tus nombres

como el latir de tu luz, mujer mala,
que en tu quemar cada noche repartes
muertes y vidas, sudores y artes.








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