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viernes, 10 de agosto de 2007

Cortesía de un tifón

Desde mi ventana, esta mañana.
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¡Qué tiempo espectacular lleva haciendo Shanghai estos días!
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Y todo es cortesía de los tifones, que tradicionalmente le hacen la vida imposible a la gente de las provincias vecinas por el sur, Zhejiang y Fujian, y que suelen limpiar la atmósfera casi siempre neblinosa y sucia de Shanghai, que brilla al sol como pocas veces al año nos regalan la primavera y el verano...

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En esta ocasión llevábamos todo el verano sin tifones, lo que nos había provocado un efecto invernadero propio que nos venía calentando con una ola de calor de casi un mes, en la que sufrimos la temperatura más alta de la ciudad en más de 60 años (casi 40 grados con no quiero ni pensar qué niveles de humedad)... hasta que por fin llegó el regalo, y la cercanía del tifón Pabuk ha limpiado los cielos de Shanghai, y ha dado a esta ciudad una bóveda tan brillante y hermosa como muy pocas veces he visto en este país (tal vez en Yunnan) y como empieza a costarme ya recordar de España y de otros lugares de Europa.

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Esta entrada de hoy se va a acabar pareciendo, casi sin querer, a la famosa serie de preciosidades impresionistas de Monet sobre la catedral de Rouen, pero es que os he preparado una colección de imágenes para que os hagáis idea de los cielos increíbles que estamos teniendo estos días, que me tienen encantadísimo y de buen humor todo el día, ¡qué bonita manera de dar la bienvenida a las vacaciones!

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Ayer al atardecer.
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... Ayer al atardecer, con una clara brisa que movió las nubes todo eso en menos de un minuto.

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Y todo esto después de estar días y días envueltos en un bochorno que no dejaba pasar la luz del sol casi, salvo el fin de semana en que vino ChinoChano, que les hizo algo mejor, si recuerdo bien, días durante semanas en que, poco antes de caer la tarde, la humedad cargaba tan denso los cielos que se acababa descargando con todo su peso mientras preparaba otra noche de altas temperaturas.

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Hace algunos días acabó por llover de lo lindo, no sé si tendría algo que ver con el tifón salvador, pero el cielo, a su manera, también se puso impresionante:

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Por supuesto, esto hizo el trabajo y la vida diaria más fresca pero también más difícil, ya que moverse por la ciudad es lento, pesado y a veces hasta arriesgado, y parece que todo en la calle se complica.

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Entre las dos fotos anteriores hay pocos segundos, son parte de la misma sesión. Aunque nos sentó de maravilla, porque luego nos dio un cielo tan precioso como este:
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Seguro que después de tanta imagen ya os habéis dado cuenta de todo lo que ha crecido en las últimas semanas el Centro Financiero Internacional Shanghai Hills, que le está ganando a la Jin Mao ya en altura, y que debe de andar cerca de los 100 pisos ya, porque se ve a kilómetros (mi casa estará a 6 ó 7 kilómetros de allí) que ya están construyendo el famoso agujerito trapezoidal que va a tener.
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Qué maravilla de la técnica humana, cómo puede cambiar tanto el paisaje de esta ciudad en tan poco tiempo, si aún recuerdo cuando empecé a vivir en esta casa, cuando ni las antenas de la Shimao estaban terminadas, lo altísimo que me parecía entonces el perfil de la torre Jin Mao, y ahora ahí se queda, en apariencia tan chiquitita junto a las obras cada vez más altas del nuevo coloso.
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Si a todo esto le sumamos el mejor momento del verano, que nos está dando estos días un cielo como este, mirar por mi ventana es uno de los regalos cotidianos más agradables que tiene mi vida diaria... claro que sólo lo hago muy temprano con el desayuno, o ya de noche pensando, pero de veras que sienta bien. Aquí va una foto con la luz impresionante que teníamos ayer por la mañana: paisajes así son los que le enamoran a uno más que nunca de la ciudad donde vive.
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A pesar de las sombras, como sabéis, mis torres sólo tienen una treintena de pisos, aunque queden tan espectaculares tapando la luz del sol matinal que acaricia al vecino xiaoqu (小区), que espero que le queden muchos años, porque me encanta y ya es el único que ha sobrevivido en los alrededores de mi barrio... De esto os tengo que contar otro día.
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Hoy hablamos del sol y la luz y del cielo, y del lado más bonito del desarrollo cuando intenta tocarlo. Aquí va la foto en detalle que estábais deseando, tomada hace tres días, para que podáis ver cómo van las obras de la carrera entre las dos torres:
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Retened esta imagen, porque dentro de un mes pueden estar todavía mucho más avanzadas...
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En fin, atardece y uno tiene que hacer las maletas; la noche en Shanghai también trae un verano precioso, mirad cómo, puesto ya el sol, se veía mi pueblo en la tarde de ayer:
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"Verano, violín rojo, / nube clara, / un zumbido / de sierra / o de cigarra / te precede, / el cielo / abovedado, / liso, luciente como / un ojo, / y bajo su mirada, / verano, / pez del cielo / infinito (...)", comenzaba su Oda al verano Pablo Neruda, también dentro de las Odas elementales que hemos compartido a veces.
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¡Oh verano, verano! Tú que -cuando no aprietas- alegras tanto el cielo como la vista de los hombres, ¡qué guapas están las chinas a veces, luciendo sus brazos delgados, luciendo sus largas piernas de músculos pequeños y piel como de arena fina! Qué guapas luciendo su cara, su cuello, sus hombros, sus pies y sus finos tobillos y su alegría de sentirse guapas y tranquilas en la calle, cuando refresca la noche. La verdad es que el verano, cuando puede disfrutarse, también es una gozada. Aquí os lo retrato en una nocha en los Jardines Yu Yuan (玉元公园), donde se ven en lo oscuro también nuestras torres.
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Esa mezcla de tradición y modernidad, ¿qué es en China, qué somos nosotros también, sino eso?
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Aquí va otra imagen, tomada desde un taxi, de Lujiazui (陆家嘴), en la zona financiera,hará como tres noches...
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¡Hasta los túneles se me aparecen maravillosos cuando el mundo nos regala esta luz! Qué pasión de días, señores.
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Entretanto, China poniéndose guapa, y en el taxi anteayer daban, por la tele, retransmitido en directo por CCTV-1, la ceremonia de celebración de que quedaban 365 días para los Juegos Olímpicos de Pekín. ¡Cómo pasa el tiempo! Y qué ganas me dieron de volver a ver el simbólico centro de Pekín...
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En fin, por cortesía del tifón, estos últimos días hasta las zonas más insulsas del barrio se pusieron guapas:
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Ya lo véis, amigos, esa es la importancia de tener un cielo limpio. A los que no vivís en China lo que digo os sonará un poquito extraño, tal vez, o exagerado, pero a mí este tifón me ha hecho sentir como nunca qué importante es poder mantener esa calidad de vida, y poder darse el lujo de asomarse a pensar a la ventana y... disfrutar respirando.
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miércoles, 18 de abril de 2007

Llueve y llueve

Hotel de la Paz, a ambos lados, en Nanjing Dong Lu, esta tarde. -
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¡Hola a todos!

En esta ciudad está el tiempo que no deja de llover. Es delicioso y agotador a la vez, pero deja el aire tan limpio que en el fondo da gusto, a pesar de que se forman tales atascos que es imposible casi moverse con ningún transporte público, y hoy anduve varias horas sobre la lluvia, casi tuve que volver andando todo el camino a casa desde Huaihai Lu.


Ha sido un día tranquilo y pesado como el denso caer plomizo de esta lluvia ácida. Estuve en un fantasmal Hotel de la Paz (和平饭店), en la desembocadura de Nanjing Dong Lu (南京东路) en pleno corazón del Bund (el Waitan, 外滩), cuyos dos históricos edificios norte y sur (izquierda y derecha, en la foto de arriba, donde se ve de fondo Lujiazui, 陆家嘴, el distrito financiero que queda al otro lado del río) cerraron desde ayer porque sus nuevos dueños van a remodelarlo por dentro para que sea tan cómodo y lujoso como lo era en los años treinta, cuando con sus doce pisos era el edificio más alto de la ciudad y el más lujoso, y donde hasta la semana pasada solía tocar la banda de jazz más veterana y famosa de la ciudad... Cómo pasan los años, sobre todo en China. Que se lo digan a los rascacielos futuristas que le han salido enfrente. Ahora por la noche ya no parece más que se está frente al mar, como en los tiempos de la concesión británica...


Hoy llueve fuerte y bonito en Shanghai, con todo. La calle de la moda de Huaihai Lu parece subyugada de alguna manera a la lección de humildad que le lanza el cielo, y la ciudad se embota y se mueve tranquila y apretada, lenta, como la lava de un volcán luminoso que descendiera apagándose a los pies de una montaña lavada por la lluvia.

Huaihai Lu, esta noche.-
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Llueve en Shanghai y se va la tarde arrastrando las horas igual que resbalan, se añaden se amontonan y caen las gotas en las ventanas. Con esta lluvia y en esta noche me acuerdo con curiosidad de la anécdota de Neruda que os transcribí el otro día. ¿Qué diría el poeta chileno de una tarde como esta, en la que la naturaleza recuerda su presencia a los hombres y se muestra más fuerte que la inmensa gran ciudad?


Tal vez, como en el principio de una de aquellas odas elementales, empezaría cantando:

Anoche
vino
ella,
rabiosa,
azul, color de noche,
roja, color de vino,
la tempestad
trajo
su cabellera de agua,
anoche quiso
dormir sobre la tierra.
Llegó de pronto
recién desenrollada
desde su astro furioso,
desde su cueva celeste,
quería dormir
y preparó su cama (...)-
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Pablo NERUDA, Odas elementales (1954).

Huaihai Lu, esta noche.

miércoles, 11 de abril de 2007

La ciudad en taxi y el episodio de Neruda


Hola a todos; hoy, para los que tengáis curiosidad sobre detalles de la vida por aquí, voy a hablar de taxis. En esta ocasión, para quien le apetezca, habrá lectura para un rato.


La ciudad recorrida en taxi tiene a veces en Shanghai el encanto de los trenes. En esta ciudad inmensa, con cerca de cien kilómetros de diámetro y seguramente más de 20 millones de habitantes, el taxi es un medio bastante barato y accesible para muchos shanghaineses -hasta el punto de que es casi imposible conseguir uno cuando llueve o en horas punta-, y se concibe como un brazo del transporte público. Salvo en las multitudinarias horas punta, que ya empiezan a extender sus alas hasta tocarse casi cada una con la siguiente, el tren suburbano es ideal si une dos puntos que nos queden cerca, pero aún no abarca tanto como el metro de ciudades europeas, ya que apenas cuenta con cuatro líneas. Eso sí, se están construyendo nueve a la vez, y en los próximos años va a haber aquí más vagones de metro que en toda la Renfe (es literal, lo dijo un experto hace unos días). El autobús y el trolebús, por su parte, es un medio algo más sucio -por el polvo de los carburantes, que entra por todas partes- y a menudo bastante lento, pero aunque suele ser incómodo, por eso y porque no es fácil ir sentado, a veces es la forma más barata y directa de moverse por la ciudad (claro que para eso hay que conocer bien las líneas, y son cientos). Aunque si no tiene miedo a mancharse uno manos y pulmones de emisiones contaminantes, y se conoce el funcionamiento del endiablado tráfico local como para atraverse, la mejor manera de comprender la ciudad es en bicicleta, como esta heroína de la corriente humana que se me apareció esta tarde, decidida y preciosa, en el cruce de 石门二路 con 北京西路.



El taxi, sin embargo, guarda en Shanghai, como digo, el encanto de los trenes, porque es como un vagón privado, que te permite contemplar cómodamente por la ventanilla cada pequeña intimidad de las calles, y además en ocasiones te permite el placer de la charla y el encuentro con el conductor, claro que eso suele provocar situaciones o bastante embarazosas o bastante divertidas cuando sólo se habla, como yo, un mandarín de supervivencia.


Hoy sin ir más lejos me tocó un taxista bastante simpático, que más allá de las preguntas típicas -de dónde eres, cuánto llevas en Shanghai, de qué trabajas, que si te gustan los toros...- no sé qué me preguntaba del carácter de los españoles, que teníamos fama de apasionados y de no sé qué más, pero que seguro que no éramos de tan buen corazón como los shanghaineses (a veces tan encantadores, curiosos y cosmopolitas, otras desconfiados e hipócritas, pero muy a menudo amabilísimos y atentos con los extranjeros). Todo vino porque le dije mi dirección en dialecto shanghainés, que es mucho más fácil de pronunciar para los españoles, o para mí por lo menos, y ahí empezó la encuesta que me hizo el hombre el resto del camino.


En una ocasión me ocurrió una cosa preciosa. Después de hacer de huésped y cenar con un conocido que visitaba Shanghai, cogí un taxi cerca del Bund (prefiero llamarlo el Waitan, 外滩, el viejo malecón, hoy paseo marítimo en el meandro más famoso de la orilla oeste del río Huangpu) . De camino a casa, le conduje por un atajo y le pedí al conductor que me dejara junto a una cabina que entonces todavía había en mi calle. En ese momento el taxista se dio cuenta de que, días atrás, ya había hecho exactamente lo mismo: dos semanas antes, yo había cogido el mismo vehículo, también por la noche y con el mismo conductor, y le había pedido ir a casa pasando por debajo del mismo puente y parando al lado de la misma cabina. Sólo en ese momento me reconoció y yo me di cuenta de la coincidencia. Creo recordar que había como 15.000 taxis entre todas las compañías de Shanghai, si no me falla la memoria (y alguien me decía que faltaban como 10.000, si recuerdo bien), de manera que cuando el taxista paró, se volvió sonriente y me dijo que eso tenía que significar algo especial, que estamos unidos por el destino. Me ofreció un cigarrillo Chung Hwa (中华) -que rechacé y comprendió, claro- y me empezó a contar su vida, que tenía un hijo, dónde vivía, y me preguntó por la mía, si estaba casado, de dónde era, y todas esas cosas de las conversaciones chinas de ascensor, pero con verdadero interés. A pesar de lo que tardaba yo en expresar ideas más complejas con mi limitado vocabulario, estuvimos como media hora hablando -¿。。。no sería precisamente culpa mía?-, y todavía guardo su tarjeta por si algún día necesito contratar un chófer privado.


Con esto quiero contar que los chinos uno por uno suelen ser gente encantadora, a menudo más pura que los europeos (no es que sean más ingenuos, sino más puros, casi más infantiles, más de campo, como creo que éramos nosotros mismos hace pocas generaciones), aunque en masa llegan a ser apabullantes y, en ocasiones, irritantes hasta para sus propios compatriotas.


La ciudad es hostil, miles de vehículos con motor, peatones y bicicletas se cruzan en un tráfico que sólo a veces se encauza en las normas internacionales, y que casi siempre sigue el principio natural de fluir como el agua, de nunca detenerse nadie y encontrar su camino entre los huecos que deja el resto. A menudo me parece fascinante con qué precisión funciona todo, partiendo de una regla muy sencilla para todo el que se desplaza por sus calles: nunca te detengas.


Xujiahui, esta tarde.

Tanta pericia hay que tener para manejarse con agilidad por esta marea maquinal y humana, y para conocer la geografía siempre cambiante de esta ciudad en constante reinvención de sí misma, donde las calles y los edificios aparecen y desaparecen y cambian de nombre, que los taxistas, como los hoteles, se califican por estrellas, que aparecen en la tarjeta de identificación de su licencia, junto a su fotografía: no tener estrellas viene a significar que te está llevando un novato; una estrella indica cierta veteranía; dos, bastante experiencia; tres, que te lleva un verdadero lobo de las calles; y cuatro, como sólo recuerdo haber encontrado una vez... supongo que lo mejor de lo mejor. El hombre de cuatro estrellas que recuerdo era amable en su taxi azul, rápido, prudente y buen conversador, aunque -iba acompañado- me dijeron que era un shanghainés que hablaba el shanghaihua sin acento de Shanghai. Un tipo especial.


Claro que hay de todo. Una vez que vino un gran amigo nos quisieron timar con un precio exagerado, aunque no nos dejamos, y hace unas semanas salió en la prensa de la ciudad el abuso que le hicieron a un noruego, que nada más salir del aeropuerto, a 40 kilómetros de la ciudad, cogió un taxi para ir a su hotel, y le cobraron más de mil euros por el servicio, cuando el viaje puede costar unos 15 como mucho, algo más por la noche. Días después, cuando se supo todo, localizaron al taxista, lo expulsaron y la compañía devolvió al noruego todo su dinero.

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Supongo que hay gente para todo y que siempre ha sido así. Hace algunas noches encontré en las memorias de Neruda un episodio que os voy a copiar ahora, de cuando siendo más joven que yo, allá por 1927, fue nombrado cónsul general de Chile en Rangún (hoy Birmania), y el buen hombre, acompañado por su amigo Álvaro Hinojosa, tuvo que hacer el viaje en barco y en tercera, vía Madrid, París, etc., hasta dar el rodeo, supongo que por las comunicaciones de la época, de pasar por China y por Japón, y de su breve estancia de una noche en Shanghai, cuando utilizó los taxis de la época, esos carritos individuales tirados a mano por el propio carretero, que en la concesión británica llamaban rickshaws, cuenta que le ocurrió lo siguiente.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido (1974).
"Viaje al Oriente"].
"Lo importante era ver qué pasaba en Shanghai por la noche. Las ciudades de mala reputación atraen como mujeres venenosas. Shanghai abría su boca nocturna para nosotros dos, provincianos del mundo, pasajeros de tercera clase con poco dinero y con una curiosidad triste".
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Rickshaw en la Conchinchina francesa, a principios del siglo XX.

Después de visitar los grandes cabarets de la época, que creo que estaban entre lo que es ahora el principio de 南京东路 y la Plaza del Pueblo, que en la época albergaba, entre un bosque de vecindarios de casas bajas, la inmensa planicie del hipódromo británico, y que Neruda y su amigo encontraron medio vacíos, y donde las prostitutas rusas les pedían que les invitaran a tomar champaña, de manera que "así recorrimos seis o siete de los sitios de perdición donde lo único que se perdía era nuestro tiempo", los dos chilenos, desorientados, debieron tratar de buscar entre las callejuelas dónde estaba el Waitan, la "playa de los extranjeros" donde supongo que habría atracado el buque que después los llevaría a Japón.


Continúa contando Neruda un episodio que me hace pensar que los shanghaineses entre los que vivo son los mismos que entonces, gente de la tierra, amables, elegantes y puros hasta los ladrones.

"Era tarde para regresar al barco que habíamos dejado muy distante, detrás de las entrecruzadas callejuelas del puerto. Tomamos un ricksha para cada uno. Nosotros no estábamos acostumbrados a ese transporte de caballos humanos. Aquellos chinos de 1928 trotaban, tirando sin descansar del carrito, durante largas distancias.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Como había empezado a llover y se acentuaba la lluvia, nuestros rickshamen detuvieron con delicadeza sus carruajes. Taparon cuidadosamente con una tela impermeale las delanteras de los rickshas para que ni una gota salpicara nuestras narices extranjeras.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
"Qué raza tan fina y cuidadosa. No en balde transcurrieron dos mil años de cultura", pensábamos Álvaro y yo, cada uno en su asiento rodante. (...).
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
De repente se detuvo mi ricksha. El conductor desató con destreza la tela que me protegía de la lluvia. No había ni sombra de barco en aquel suburbio despoblado. La otra ricksha estaba parada a mi lado y Álvaro se bajó desconcertado de su asiento.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
-Money! Money! -repetían con voz tranquila los siete u ocho chinos que nos rodeaban.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Mi amigo esbozó el ademán de buscarse un arma en el bolsillo del pantalón, y eso bastó para que ambos recibiéramos un golpe en la nuca. Yo caí de espaldas, pero los chinos me tomaron la cabeza en el aire para impedir el encontronazo, y con suavidad me dejaron tendido sobre la tierra mojada. Hurgaron con celeridad en mis bolsillos, en mi camisa, en mi sombrero, en mis zapatos, en mis calcetines y en mi corbata, derrochando una destreza de malabaristas. No dejaron un centímetro de ropa sin trajinar, ni un céntimo del único y poco dinero que teníamos. Eso sí, con la gentileza tradicional de los ladrones de Shanghai, respetaron religiosamente nuestros papeles y nuestros pasaportes.
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Cuando quedamos solos caminamos hacia las luces que se divisaban en la distancia. Encontramos pronto centenares de chinos nocturnos pero honrados. Ninguno sabía francés, ni inglés, ni español, pero todos quisieron ayudarnos a salir de nuestro desamparo y nos guiaron de cualquier modo hasta nuestro suspirado, paradisíaco camarote de tercera".
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
Pablo NERUDA. Confieso que he vivido (1974).
"Viaje al Oriente".
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
[En: Pablo NERUDA. Confieso que he vivido
La moraleja es que estoy convencido, amigos, de que vivo entre los hijos de los mismos shanghaineses, de nacimiento o de adopción -como empiezo a ser yo mismo-, pero entre la misma gente en todo, capaz, en su ternura, en su pureza humana, de hacer las mismas cosas, para mal y, como buenos vecinos, muy a menudo también para bien.

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